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Vómito Verbal #4: "«Recreación ambulante» Tarot y mazapanes"

Actualizado: 8 abr 2022

La semana pasada fui con una amiga a dejar víveres a la ex CNDH -ahora Casa de Refugio Ni una Menos-, institución ubicada muy cerca del Zócalo capitalino, que por los que saben y se han paseado por las avenidas y callejones del centro, sabrán que están plagados de vendedores ambulantes de todo tipo de servicios; puedes encontrar plantas, joyería, dulces, libros, ropa y comida sobre la misma calle. Es impresionante la cantidad de cosas que se venden y que se consumen. Desde una sangría o un refresco de toronja preparado de esos que venden en carritos como de supermercado a una limpia con ramas de pirul, romero, ruda y salvia. Ambas liberadoras de alguna presión, ya sea del solazo o un mal de ojo...

En esta ocasión, mi amiga y yo caímos en el consumismo de la recreación que deambula por las calles y que en lo personal llama mi interés como imanes a sus polos opuestos.

Caminábamos sobre Bellas Artes cuando un chavo nos hace parar y nos pregunta que si podemos apoyarlo comprándole una paleta por $20 o si puede hacernos 3 preguntas capciosas, de las que si contestábamos mal, nos tendríamos que ver obligadas a comprarle una paleta y bueno, la cosa empezó así:

- ¿Qué hay detrás del Sol?

+ Detrás nada, alrededor todo.

- Pues no. Atrás del Sol, está el águila... siguiente:

(de la segunda pregunta no me acuerdo, pero también fue una estupidez que contesté mal)

- Última: ¿Qué hay en medio de París?

+ La letra R

- No. El río Sena...

Total, respondí todo mal y le compré su paleta. Se suman veinte pesos a la cuenta.

Seguimos caminando y paramos hasta que nos sentamos a comer en un bar sobre la calle de Regina. Nos sentamos en las mesas que están afuera. Mientras pensábamos qué ordenar, se acercó un niño a vendernos mazapanes de "a dos por diez" y le compramos una promo. Así, durante todo el rato que estuvimos allí en el restaurante. se nos acercaron varios niños más para vendernos mazapanes, y si bien recuerdo compramos unos más...

Apenas nos habían traído la cerveza cuando a vi a lo lejos de la calle, un güey que venía en patineta vestido de negro; con sombrero, gabardina y lentes de micas redondas para el sol. Curiosa y repentinamente se paró frente al bar en donde estábamos y comenzó a contar una historia. Contaba sobre días mejores, ideologías más propias al SER humano, y más cosas con tenor comunista. Todo muy interesante, muchas verdades, otras... las creo más fantasías. Terminó su discurso y tomó un mandala de alambre que traía consigo con el cual contó otra historia. Empezó a desplegar y mover sus partes cambiando su composición creando diversas formas que representaban la unificación del todo: los nueve planetas -contando a Pluton- de nuestro sistema solar; los cuatro elementos (agua, tierra, fuego, aire); la dualidad; la belleza dentro de la adversidad con la flor de loto; el origen de la música con el tambor; la rueda y evolución del hombre; la religión y el santo grial; las plantas medicinales (god bless la mota) y los fractales, los círculos en armonía.

Claramente tenía ensayado el cuentito, pero me lo tragué todo. Se me hace algo bien bonito que las personas vaguen por la ciudad contando historias, y para los que prestan atención, el ser interpelado por ellos y sus historias puede resultar en revelación.

Contaba las cosas con mucha gracia, su estilo y tonalidad de voz eran atractivos y yo estaba fascinada, ¡amo a los cuenta cuentos! y aspiro a ser una más.

El vato terminó su historia y lo apoyé con $20 por compartir sus palabras con los presentes. Después mi amiga le preguntó que si vendía los mandalas, a lo que contestó que si, que en cien pesos los dejaba. Compramos uno porque estoy obsesionada con ellos y las historias que se pueden contar. nos salió en ciento veinte pesos la recreación del muchacho, pero risas nos sacó y nos mantuvo entretenidas. Van $160 en la cuenta.

Seguimos pasando el rato, platicando de cosas triviales y otras cuantas más personales. Pasó media hora, quizá y se nos acercó un güey que leía el tarot. En lo personal no creo en esas cosas, pero me intrigan, por lo que aceptamos a que nos leyera la suerte. El cabrón le atino a todo. Hijo de su puta madre. Que si acababa de viajar, que si me gustan mayores y tengo pegue con las lesbianas, que si soy terca y rejega, etcétera. El puto se las supo todas.

Ya casi por terminar su chamba, me pide que le haga tres cuestionamientos diferentes, a los que les metí empeño: ¿mis vicios pueden ser también mis virtudes?, y ¿mis dualidades ideológicas podrán coexistir? (sé que sólo escribí dos pero no se qué más le pregunté y no les voy a inventar cosas). Finalmente se me queda viendo y me dice que nunca le habían preguntado cosas así... pero que sacara tres cartas. Las saqué y me respondió con lo obvio: "si, claro. Por supuesto, mírame a mi". No bueno, sin duda el cabrón sabía a qué me refería. Mi amiga terminó cediendo a que le leyera el tarot, y lo hizo. Todo estuvo gracioso hasta que nos cobró. No traíamos cambio y teníamos que cambiar uno de quinientos...aún no nos decía cuanto nos cobraría. Total el güey agarra el billete y nos dice que va a la tiendita a cambiarlo. Por lo que llega con un boing de guayaba y unas ruffles verdes. Mi amiga y yo nomás nos sacamos de pedo pero le seguimos la corriente. Al final, nos entrega $300 de los quinientos, o sea, fueron doscientos varos de lectura de tarot. Pero va, nos habíamos comprometido a todo tipo de recreación, dando un total de $320 pesos (sin contar los mazapanes y demás dulces y cigarrillos que compramos).

Yo encantada viendo qué cosas tenía el mexicano deambulante para ofrecer. Verdades y falsedades. Una joya de la recreación, pero un dolor de huevos para tu economía. Llegan, ofrecen sus servicios en voz alta, cobran y se van.

Si tú, estimado lector, eres uno de esos, no claudiques. Habrá quien preste atención y se lleve una parte de ti consigo. Sigan haciéndonos hablar de ustedes y su chamba. Son colores en este espectro tétrico llamado vida.


"Había una vez..."


 
 
 

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